miércoles, 26 de enero de 2011

DEJAR DE BUSCAR Y EMPEZAR A SENTIR

Nos pasamos la vida buscando, ya sea bienes materiales o respuestas espirituales. Pero buscar presupone que hay algo que no está aquí ahora, lo que resulta frustrante.

El secreto es que no hay nada que perseguir. La vida es un fin en sí misma, una gran ofrenda que hay que aceptar. Vivir el presente nos permitirá deleitarnos a cada instante.

Vamos a la raíz: Esto nunca nos parece suficiente. Lo que está sucediendo ahora mismo en el momento presente es decir, esto nunca nos parece suficiente.

Nos pasamos la vida buscando, anhelando y deseando otra cosa, algo más, algo distinto a lo que ahora ocurre. Buscando algo en el futuro que nos satisfaga, nos complete y nos salve. Buscando respuestas… nos asaeteamos a preguntas hasta volvernos locos.

Jamás hemos sabido descansar aquí, relajarnos completamente en lo que está ocurriendo. Estamos sometidos a impulsos que nos empujan hacia un momento futuro en el que suponemos que las cosas irán mejor. Y, como nuestra atención está tan atrapada en el futuro -como en su reflejo, el pasado-, lo que ahora ocurre acaba reducido a un medio para alcanzar un fin, un simple momento en una larga secuencia compuesta por muchos otros momentos. Y, como nunca estamos contentos con esto, siempre esperamos un futuro mejor.

Eso es, precisamente, lo que llamo búsqueda. Y, en este sentido, todos somos buscadores, porque todos estamos buscando algo. La búsqueda se expresa de muchas formas diferentes. En el llamado mundo material, buscamos dinero, felicidad, estatus, relaciones mejores y más satisfactorias, una sensación de identidad más fuerte. Cosas que nos hagan sentirnos más seguros.

En el mundo material es importante saber quiénes somos, hacer que nuestra vida funcione, alcanzar nuestros objetivos y satisfacer nuestras ambiciones. En el mundo material, es muy importante triunfar. La búsqueda se inicia para ser alguien en el mundo, hacer algo con nuestra vida antes de morir.

Por eso el mundo material suele ser tan insatisfactorio y nos orientamos también hacia las enseñanzas espirituales. Entonces, el objetivo cambia. Ahora queremos despertar e iluminarnos. Ya no queremos un coche nuevo sino acceder a un estado alterado de conciencia. No queremos una nueva relación sino la beatitud permanente. En lugar del éxito mundano, queremos la iluminación; perder algo llamado ego y trascender algo llamado mente.

Pero la búsqueda espiritual, como la material, sigue siendo una búsqueda. Se trata del mismo movimiento mental: orientarse hacia un futuro inexistente. Y lo que se halla en la raíz de toda búsqueda es el “yo”. Quiero tener un millón de euros en el banco y también quiero tener, para mí, la iluminación espiritual. ¡Yo, yo y más yo! En el núcleo de toda búsqueda se asienta la sensación de ser una entidad separada de la vida, separada de esto, de los demás, del mundo y de la Fuente.

En el núcleo de toda búsqueda se halla la sensación de no estar completos, de estar fragmentados, perdidos, alienados y, en suma, alejados de nuestro verdadero hogar.

El yo separado siempre repite el mismo mantra: “no es suficiente”. Y esta sensación de carencia está tan profundamente arraigada que impregna toda experiencia, es como la sensación de no estar en casa.

Algún momento estuvimos en casa, pero ya no. Y, en tanto que individuos separados, vivimos angustiados por el recuerdo difuso de una intimidad tan próxima que ni siquiera podemos nombrarla. Es como cuando, de niños, nuestra madre nos dejaba solos en la habitación. Nos veíamos desbordados por una añoranza y una nostalgia que, pese a ser inexplicables, se dirigían al núcleo mismo de nuestro ser.

Esta nostalgia parece brotar directamente de la sensación de ser una persona separada. Pero no es nuestra madre lo que añoramos. Lo que queremos es regresar a casa… regresar, en suma, a lo que éramos antes de que todo esto comenzase.

Donde hay separación también hay nostalgia, la nostalgia de acabar con la separación, de curar la división, de poner fin a la sensación de contracción y de expandirnos de nuevo en la inmensidad. Jamás hemos estado separados de la totalidad. Lo único que existe es el sueño de esa separación.

Pero siempre, a pesar de ello, hemos estado buscando el camino de regreso a nuestro hogar. Obviamente, jamás lo reconocimos así, porque esta añoranza se manifestó como el deseo de un coche nuevo, de tener más dinero, de tener a ese hombre o a aquella mujer. Pero, por mundana que fuese su manifestación, siempre hemos añorado secretamente perder el mundo y zambullirnos en la Vida. Y entonces abriremos los ojos y nos encontraremos, como un recién nacido, con todo esto.

Cuando el individuo desaparece, ves esto por vez primera. Miras y te descubres sentado en una silla. Y por más que tengas la sensación de que la silla no debería estar ahí, lo cierto es que sí lo está, y te sientes sumamente agradecido.

Miras y descubres una silla que se ofrece y te sostiene incondicionalmente y sin pedirte nada a cambio. La silla no se pregunta quién eres, le da lo mismo quien creas ser. No le interesa lo que hayas hecho o dejado de hacer; lo que hayas logrado o dejado de lograr, lo que creas o dejes de creer. Le da lo mismo si eres un triunfador o un fracasado, si has alcanzado o no tus objetivos; si crees estar iluminado o no. Le da igual tu aspecto; si estás sano o enfermo, si eres budista, judío o cristiano, si eres joven o viejo, y si entiendes o dejas de entender. Lo único que la silla hace es ofrecerse de manera incondicional.

El mensaje es muy sencillo y lo transmite algo tan normal y corriente como una silla. Y no solo una silla, sino todas las cosas. Todas las cosas se ofrecen de manera incondicional.

El secreto es este: la vida, en realidad, no es tal. Es una ofrenda. Y esto es lo que ahora mismo nos está ofreciendo. Nos ofrece el momento presente, todo lo que está ocurriendo aquí, esta presencia y esta vitalidad. Nos ofrece todo un mundo aparente, lleno de imágenes, sonidos y olores en cuyo interior no hay absolutamente nadie. Pero, a decir verdad, tampoco hay aquí ningún mundo. Lo único que hay es esto.

Y siempre, con la misma mirada inocente de un niño, ves esto por primera vez. Las palabras ni siquiera pueden llegar a rozarlo. ¡Esto, para la mente, es una auténtica locura! la mente dice: “¿pero cómo no va a haber ahí una silla? ¡Si fui yo mismo quien la puso! ¡Fui yo quien puso en marcha todo esto!”. Pero la mente ni siquiera puede empezar a entender la maravilla de lo que es. No hay que preocuparse por ello, no es necesario. Porque no haya nadie que la reconozca ni la valore, la sorpresa es, por ello, menos sorprendente.

Pero sigamos un poco más. Mira tú respiración: inspiras y exhalas, dentro y fuera, sin ningún esfuerzo y sin pedirte nada, absolutamente nada. La respiración también se halla presente en tu sueño más profundo, cuando no hay nadie ahí para saberlo. No estás ahí, pero la ofrenda sigue presentándose. Y tu corazón sigue latiendo, bombeando sangre a todo el cuerpo, sin pedirte nada a cambio. Es una ofrenda gratuita. Un buen día desaparecerá.

El corazón dejará de latir, pero ahora está latiendo; la respiración cesará, pero ahora respiramos. No tenemos nada asegurado, ni otro día, ni otra hora, ni otro instante. Todo eso es algo que recibimos de manera completamente gratuita.

Todo es gratuito. Las sensaciones, los sonidos y hasta los pensamientos que, originándose en ningún lugar, se disuelven en ningún lugar.

Esa es la unidad. ¿Quién hubiese pensado que eso que llamamos liberación era tan sencillo? ¿Que se trataba, simplemente, de ver la vida tal cual es? a la mente le disgusta este mensaje porque pone fin a su historia de control, a su futuro y a su búsqueda. Esto le resulta demasiado ordinario...

Pero, mira por dónde, es la búsqueda de lo extraordinario lo que convierte esto en ordinario. Buscar algo fuera de aquí ha convertido esto en algo aburrido. ¡Nos aburrimos tanto de esto que queremos eso! ¡Nos aburrimos tanto de esto que queremos despertar de esto!

La búsqueda espiritual siempre ha estado arraigada en el rechazo del momento presente. La búsqueda de la vida siempre ha sido un movimiento de alejamiento de lo que es.

Si observamos a un niño pequeño, veremos su capacidad de sorpresa ante la vida tal cual es. Pero los adultos nos hemos alejado de esta inocencia infantil; nos convertimos en personas serias y perdidas en la búsqueda, esforzándonos en tratar de ser alguien, en triunfar, en que todo sea perfecto.

Por eso siempre estamos tan agotados. Pero tras esa búsqueda, no obstante, todos somos niños y seguimos viendo el mundo por vez primera.

Lo que ocurre es que estamos perdidos en el juego de devenir. Eso es todo.


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